UNA POESÍA PARA UNA VIDA
Años hace que aprendí,
una sencilla poesía,
que no olvidé de decir,
ni siquiera un solo día.
Me acompañó en mi niñez,
mi difícil juventud,
mi vida de sordidez,
y estará en mi senectud.
Estuvo en mi comunión,
en mis peleas callejeras,
cuando estuve en la Legión,
y me acompañó en la guerra.
Bosnia, Serbia, El Salvador,
embarcado en Panamá,
mercenario y jugador,
cruzó conmigo el Canal.
En mi brazo se tatuó,
mujeriego y perdedor,
entro conmigó en prisión
y mi libertad vivió.
En cada puerto una amante,
en cada puerta una bronca,
en cada casa un tunante
y en cada cama, una torta.
Recordando en mi interior esta poesía,
el hombre duro se hace niño,
igual que el niño mal crecía,
y se agarraba siempre a su cariño:
Amores de rotas promesas,
aprendieron de mí estas palabras,
que repiten cada noche a mi vera
amadas fugaces y pagadas:
“Jesusito de mi vida,
eres niño como yo,
por eso te quiero tanto,
y te doy mi corazón.
Tómalo, tuyo es, mío no”.
(el tío de la poesía no soy yo)
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