1ª Parte. (de 4)
Por fin me llegaron, llevaba tiempo esperando el envío que solicité. Buscando por Internet encontré a la venta unas magníficas tijeras mágicas. Según la publicidad, con esas tijeras se puede cortar la línea tiempo por el año que uno quiera y los años posteriores al corte desaparecen. Yo he tenido mucha suerte, por que según la publicidad si era de los 100 primeros me regalaban con las tijeras una estupenda papelera de reciclaje donde se pueden tirar los años cortados, por si uno se arrepiente y desea restaurarlos.
Ahora podía cumplir mis sueños de vivir en un auténtico paraíso. Estaba muy nervioso y dudaba por donde cortar. Y la verdad es que pensando en paraísos lo primero que le viene a uno a la mente es el Caribe. Decidido, iría a vivir al Caribe y buscaría una bonita fecha. Y como no, siendo gaditano lo que me llamaba era La Habana, “que es como Cádiz con más negritos”. Y aficionado a las exploraciones espaciales, una fecha buena sería anterior al alunizaje para sentirlo en directo. Redondeando un poco me decidí por 1960, así tendría tiempo de conocer bien el país y asentarme antes del gran evento estadounidense.
Bastante nervioso cogí mis tijeras mágicas y temblando un poco corte en ese año. A mi alrededor empezaron a desaparecer libros y a menguar otros, al principio me sorprendió mucho, pero en poco tiempo lo consideré algo habitual, era como un día normal en la escuela de Harry Potter, quizás demasiada televisión. Sonó un chasquido indicando que los años cortados estaban ya en la papelera de reciclaje, y salí rumbo a mi paraíso de La Habana. Desde Barajas tomé un vuelo hasta Nueva York en un enorme avión de hélices con el curioso nombre de Santa María, y de allí a La Habana.
El país me atraía, acababan de eliminar su tutela del gigante americano y se pretendía eliminar la pésima gestión de su anterior gobierno que elevaba la deuda exterior a 1.500 millones de dólares anuales. La Habana era una ciudad alegre, la gente estaba feliz. Y no era para menos, el nuevo gobierno dirigido por Castro estaba creando mi paraíso.
Comenzaron con la reforma agraria, primero sólo afectó a las grandes propiedades, aunque algo más tarde se expropiaron ya todas las tierras, pero de esa forma todos los campesinos tenían donde trabajar.
El estado se definió como garante del bienestar social, y lo hicieron. Se multiplicaron los hospitales y la investigación médica. Tanto que Cuba exporta a todo el mundo algunas vacunas, como la de la Hepatitis B.
Se inició un amplio proceso de alfabetización, con nuevas escuelas y universidades. Lograron descender la tasa de analfabetos del 24% con el anterior régimen corrupto a un escaso 1,5% en pocos años.
El estado se preocupó de conseguir créditos blandos para compras de viviendas, y de bajar los alquileres un 50%.
Y de lo más importante, el estado consideró que los bienes básicos eran competencia suya, así proveía de forma gratuita a los ciudadanos de luz, agua, gas, teléfono…
Mi paraíso cubano logró reducir la deuda externa a 50 millones de dólares anuales.
Estaba convencido que había acertado, vería pisar la Luna en un auténtico paraíso.
Según pasaban los meses viajando por la isla aumentaba mi morriña, y la verdad es que el Caribe para unas vacaciones está bien, pero yo soy europeo. Tengo otra cultura por muy parecida que fuese la cubana. Echaba de menos el viejo mundo. Así que un día, mientras me intentaba reponer de un abuso de ron, saque mi papelera de reciclaje y restauré los años perdidos.




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Sacrifico mis saludos cordiales desde la Ciudad de la Bella Bahía por este otro:


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