Me alegra enormemente haber encontrado este hilo. Teresa fue mi tutora durante los años de Bachillerato. La última vez que la vi fue aquel verano, justo antes de irme a empezar la carrera. Como si de una premonición se tratara, fui a despedirme de ella antes de empezar mi nueva etapa, en la que me prometió me acompañaría. Porque además de profesora, fue amiga. Quedó en llamarme en un par de semanas porque vendría a Madrid al teatro y quería que yo la acompañara. Aquella llamada nunca llegó.
Hoy, casi cinco años vista, aún esta presente en la memoria de sus alumnos y amigos. Y no creo que nunca deje de estarlo.
HE ACOMODADO
en el sillón más blando los cojines,
aunque quisiera para ti
de sol la caricia primera
que la humedad del musgo entibia
y evapora
y la tierra así en lecho convertida,
sombreada de endrinos y castaños
estremeciendo sus hojas sobre el río.
Pero una lámpara
en el cuarto de estar
es la que encendida se inclina sobre el folio
-página en blanco grita: ¡Quiero besar!-,
el aroma tostado del café
y no un perfume de helecho
y de manzano.
-Abedules, melojos, olmos, setas
pido en este lugar en cita amena-.
No hay rumor de canales
ni cantoras alondras ni verdes ruiseñores,
sí un grifo que gotea,
y el ronroneo de la gata en celo.
Si buscas una orilla, una ribera,
la encontrarás diez pisos más abajo
y es acera
que tiene el olor dulzón de la basura.
No importa si no vemos
verdes espesuras:
hará el amor un bosque de macetas.
Cuando entres hallarás
cosas quietas, familiares,
libros, barro, cristal,
asuntos que dispone la costumbre.
La ventana está abierta y deja
pasar al viento con ruidos de la calle,
el paisaje que compone la ciudad: sucias torres,
negras chimeneas, una tarde
que siempre ha sido oscura.
Aquí seremos dichosos
en el calor del refugio que mantiene la casa
y aunque estás lejos -por el teléfono
sé de la distancia- vendrás
a correr las cortinas de la noche
María Teresa Martín Soler
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