Un cabo de Infantería —¡Malos españoles! —exclamó el comandante Herranz, jefe de la unidad de Regulares que había tomado La Línea de la Concepción—. ¡Os habéis portado como unos malos españoles! Esto es un movimiento republicano, el bando está firmado por el general Queipo de Llano con el sello de la República.
El cabo Aurelio Mena Gallego, hoy oficial retirado del Ejército, dice que recuerda aquellos instantes como si acabara de vivirlos, que muchas otras cosas se le han olvidado, pero que aquellas palabras las recordará siempre. Toda la oficialidad, clases y tropa del destacamento que el Regimiento de Infantería "Extremadura", nº 15, de Algeciras, tenía en La Línea de la Concepción formada en el patio del acuartelamiento bajo el sol inclemente de julio, los moros del Tabor, uniforme color garbanzo, tarbús rojo y bayoneta calada, ocupando posiciones estratégicas y un silencio espeso, como sangre coagulada, en el que se hundían como cuchillos las encendidas palabras del comandante Herranz: ¡Malos españoles!
Luego de la arenga, todos los cabos del acuartelamiento tuvieron que pasar ante el capitán Gómez Cobos quien les tomó el nombre y los separó en dos grupos; unos, los sospechosos de fidelidad al Gobierno de la República, quedaron presos en el calabozo y otros, entre los que se encontraba el cabo Mena, fueron arrestados en un local que estuvo vigilado por centinelas del Tabor. Un sargento de Regulares les advirtió que no se asomaran al exterior porque los moros tenían orden de disparar sobre todo el que sacara la cabeza.
Al día siguiente los cabos arrestados fueron trasladados en camiones a Algeciras y durante cinco o seis días estuvieron alojados en el teatro Pabellón del Casino hasta que finalmente los llevaron al cuartel de Escopeteros donde permanecieron recluidos hasta que el 25 de octubre fueron puestos en libertad y destinados a un regimiento de Cádiz como instructores.
Durante el tiempo de su arresto el cabo Mena fue conducido en una ocasión a declarar; caminó escoltado por una escuadra de soldados con la bayoneta calada y confiesa que pasó mucho miedo porque no entendía qué estaba sucediendo. Repasaba los acontecimientos y no encontraba nada reprobable, incluso desde la óptica de los sublevados, ni en su conducta ni en la de sus compañeros.
El día 17 de julio de 1936 el cabo Mena tuvo servicio de cuartel y hacia las ocho de la tarde salió con una compañía al mando del capitán García Serena, iban los soldados con el fusil en prevengan atentos a las ventanas y balcones de las casas, que recorrió las calles de la población leyendo un bando del general Queipo de Llano por el que se proclamaba el estado de guerra. Leía el bando el sargento Gómez Mateos, pero, como pareciese al teniente Antonio Quintana Volado que lo hacía de mala voluntad y en voz baja, pidió permiso al capitán para leerlo él, lo cual hizo con voz clara y poderosa.
Durante la noche el cabo de cuartel Mena, que había dormido con el correaje y las cartucheras puestas, como si estuviera de guardia, y toda su compañía despertaron alarmados por un fuerte tiroteo; pusieron colchones en las ventanas y se dispusieron a repeler cualquier ataque. El desconcierto fue total porque el tiroteo no cesaba, no se sabía quién o quiénes eran los atacantes y no apareció ningún oficial que organizase la defensa o tomase el mando de la situación, sólo el sargento de semana estuvo presente. «¡Han herido a mi hermano!» exclamó de pronto un cabo de la compañía y todos se impresionaron porque no estaban habituados a acciones de guerra. Después se supo que también el capitán Galán Jabalera había muerto en el cuarto de banderas a consecuencia de un disparo que le atravesó las dos piernas. Ya de día corrió la voz de que por la carretera de Málaga había llegado un tabor de Regulares, lo que se confirmó cuando el teniente Antonio Herreras Corpas, que era de Porcuna, de izquierdas y luego murió en la guerra, salió con bandera blanca, escoltado por un pelotón de soldados, a indagar o parlamentar con los recién venidos. El teniente volvió con todos sus hombres desarmados, lo que la tropa interpretó como señal de que se aceptaban las condiciones de los Regulares, que al parecer traían orden de tomar la plaza a toda costa. También entonces, en un momento indeterminado, se oyeron tiros en la ciudad procedentes de la población civil.
Pero lo sucedido, al parecer, fue que clases de tropa y quizá algún teniente trataron de invertir la situación creada la tarde anterior («En La Línea unos infantitos han pretendido sublevarse; pero ya tendrán su merecido», diría luego Queipo de Llano por la radio), razón por la cual el tabor de Regulares los conminó a rendirse como lo habían hecho. Así, el resto de la tropa se vio envuelta en una situación de la que el coronel del regimiento, D. Manuel Coco Rodríguez, responsabilizó luego al jefe del destacamento, comandante D. Luis Chacón Lozano, por no haber informado adecuadamente.
De aquel tiempo que permaneció arrestado el cabo Mena recuerda cómo el día 5 de agosto, estando en punta Carnero preparando el asentamiento de unas baterías, vio llegar un convoy de cinco barquichuelos con tropas de África escoltado por el Eduardo Dato, que era un cascarón de nuez al lado de los barcos actuales, y el bombardeo a que el Almirante Cervera, que vigilaba el Estrecho, sometió a la ciudad durante todo el día siguiente tras verse burlado por el convoy. El Eduardo Dato fue hundido y el estallido de las granadas se oían por toda la ciudad.
Luego rememora cómo estuvo en Ronda, en Baena, en Albendín, en Cañete de las Torres, en Bujalance. Yendo el 24 de diciembre del 36 con su unidad hacia Villa del Río, los corredores de campo dieron la alarma de que en los olivares que flanqueaban la carretera había tropas emboscadas; así, la Navidad de aquel año la pasó entre los olivos en posición de combate. Al día siguiente redujeron a aquellas tropas, que eran rusos venidos en apoyo de la República, y quedaron admirados de lo bien equipados que estaban y los abrigos largos que llevaban. En Lopera vio pasar, atravesado sobre su caballo, el cuerpo sin vida del torero Joselito El Algabeño, que formaba parte de una policía montada integrada por señoritos.
Por aquel tiempo tuvo una escuadra de gallegos con un solo andaluz que era de Algodonales. Más tarde, cuando su regimiento recibió un telegrama pidiendo voluntarios para el 3er Tabor de Regulares, no dudó en alistarse porque sentía que debía hacer algo que restaurase su honra dañada por el suceso de La Línea, que en sus oídos aún resonaba aquel vibrante ¡malos españoles! como una afrenta.
Estuvo en una escuadra de morteros y en el frente de Peñarroya el comandante Valero lo felicitó porque todas las granadas dieron en el blanco y veía cómo las ametralladoras contra las que disparaba saltaban por los aires (en otra ocasión, sin embargo, le preguntó si era rojo porque ese día tuvo poca fortuna en el tiro).
Dice que su guerra fue una guerra cómoda porque, al ser cabo de morteros, nunca estuvo en primera línea de combate y así cuenta cómo en una ocasión vio avanzar un tanque republicano contra una posición y era repetidamente rechazado con fuego de granadas y era como verlo en el cine. A veces, sin embargo, la aviación los bombardeaba y una vez vio bajar una bomba con toda nitidez y se pegó al suelo como una lapa rezando a todos los santos. Él salió ileso, pero un soldado de su escuadra murió reventado por la honda expansiva de la bomba. El frente de Pozoblanco fue muy duro a causa de las continuas lluvias y los moros decían que aquello más parecía Pozonegro. Cuando terminó la guerra regresó en tren con su unidad a Algeciras, donde embarcó para Melilla y desde allí siguieron andando hasta cabo de Aguas donde su Tabor, cuyo acuartelamiento estaba en Villa Nador, tenía un destacamento.
Aurelio Mena Boullosa, el maestro barbero de la calle Felipe Ramírez, padre del cabo de La Línea, tuvo que echar varios cubos de agua para quitar la sangre vertida en la acera, era el 22 de julio, porque dicen que un capitán de la Legión, del destacamento que mandaba el comandante La Patza, enloqueció cuando vio en llamas el calabozo del Ayuntamiento, lleno de presos simpatizantes de la rebelión militar, y mandó a sus hombres que apresaran a cuantos paisanos encontrasen, los reuniesen en el tramo de la calle Felipe Ramírez entre la Corredera y la calle Nueva, frente a la que había instalado una ametralladora (aproximadamente donde hoy está la heladería de Los Valencianos), y disparasen sobre ellos. —¡Ay, mi hijo! ¡Ay, mi hijo!— exclamaría luego una mujer mientras buscaba entre los cadáveres.
El día de la rebelión militar (o acaso un día antes) llegaron a El Arahal, en la campiña de Sevilla, dos coches con gente de filiación insegura. Luego las autoridades del pueblo encerraron en el calabozo del Ayuntamiento a los sospechosos de simpatizar con los rebeldes, unas treinta personas. También fueron a casa del maestro Mena, pero un amigo tranquilizó a la familia que lloraba advirtiéndoles que sólo buscaban la escopeta que tuvo cuando perteneció al somatén (aquella milicia ciudadana de la época de Primo de Rivera). Algún día después, cuando ya era inminente la llegada de las tropas insurrectas (dicen que cuando Queipo de Llano telefoneó al Ayuntamiento para conocer la situación del pueblo, habló con un barbero Taura quien le contestó con un exabrupto y le colgó, lo que movió al general a enviar tropas de ocupación inmediatamente), el carcelero les abrió el calabozo durante unos minutos para que escapasen —«No sé qué van a hacer con ustedes», dijo—, y luego cerró. Sólo unos pocos se atrevieron a salir y huir por los tejados, entre ellos Cristóbal Cano Guerrero, que salvó la vida, y Manuel Llanos, porque el cura párroco don Antonio Ramos aconsejó no salir temiendo que aquella invitación fuera una trampa para matarlos. Pero luego el calabozo fue incendiado y allí murieron todos menos precisamente el cura párroco que pudo salvarse respirando sobre el retrete. También quemaron las imágenes de la iglesia del Santo Cristo y las monjas dominicas se ocultaron prudentemente en casas particulares.
Todo ello sucedió mientras la fuerza de la Guardia Civil se había ausentado para sofocar tumultos similares en la ciudad próxima de Marchena, donde en un tiroteo murió el guardia Cuevas. Cuando regresó, algunos guardias abrazaron emocionados al maestro barbero Mena —¡Maestro, maestro, decían llorando, hemos temido por usted—, porque creyeron que también él había muerto en el calabozo del Ayuntamiento.
Más tarde, como solía suceder, las tropas ocupantes fusilaron a mucha gente que sacaban del pueblo en camiones, pero uno se escapó arrojándose del vehículo y se sabe que logró llegar a Madrid andando por Extremadura. Hubo quien lamentó estas muertes indiscriminadas y consideró que si el guardia Cuevas hubiese estado en el pueblo no se habrían producido porque él conocía a todos y habría distinguido «entre los buenos y los malos».
Ya terminada la guerra, los vencedores buscaron en Salamanca, de donde era natural y donde se habría quedado después del verano del 36, al maestro de escuela José Rodríguez Aniceto, llamado "Medias Cañas" porque era lo que solía pedir en las tabernas; lo trajeron al pueblo y lo fusilaron en la Corredera, frente a la puerta del Ayuntamiento, dicen unos que delante de sus alumnos y otros que llamaron a la gente para que lo vieran. «No entiendo por qué, que era un hombre que nunca se había metido en política», dice el alférez Mena.
La modista de Baena Manuela Hornero Rojano, que luego fue madrina de guerra y más tarde esposa del sargento Mena, contaba que cuando en su pueblose conoció la rebelión militar, también sus presuntos simpatizantes, terratenientes, gente devota y de orden, fueron encerrados en el convento de San Francisco, donde se veneraba una imagen de Jesús Nazareno, un Ecce Homo (que fue tiroteado por los rojos sin que ninguna bala lograra alcanzarlo) y luego, ante la llegada de los rebeldes, asesinados a machetazos o hachazos (a una mujer se le dio ocasión de huir, pero renunció a hacerlo para permanecer al lado de su cuñada embarazada). Sólo dos hermanas lograron salvarse escondiéndose, ya heridas, en unos cestos de ropa. Después, establecido el nuevo orden, exhibían orgullosas, como si fueran condecoraciones, los vendajes que les cubrían las cabezas. Ocupado el pueblo por las tropas alzadas, las tapias del cementerio sirvieron de paredón para fusilar a los autores, sospechosos o cómplices de los crímenes de San Francisco, a sindicalistas o militantes de partidos de izquierdas o a cualquiera que fuese señalado por las fuerzas vivas del pueblo. Se les llevaba en camiones y sin más ceremonia —Éste, ése, aquel, habían dicho los acusadores— se los fusilaba.
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Nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz) el 1 de marzo de 1981 es uno de los más prometedores jugadores jóvenes del Caja San Fernando de baloncesto. Desde el curso 95-96 y hasta el 98-99 estudió en nuestro centro SAFA Nuestra Señora de los Reyes de Sevilla en los niveles de E.S.O. y Ciclo Formativo de Grado Medio. Jugador internacional en diferentes categorías de formación, es uno de los jóvenes bases con mayor proyección. Su físico, 1,90 m y 90 kg, y su capacidad técnica le han dado un sitio en la liga más fuerte y competitiva del baloncesto profesional en Europa, la ACB.










El vicepresidente segundo, Javier Arenas, aseguró que la decisión de cerrar la frontera se ha tomado "para salvaguardar la salud de los españoles" y constituye una medida "equilibrada" guiada "por la buena voluntad y la responsabilidad". Arenas agregó que el Gobierno tomó la medida tras no obtener "garantías suficientes" de las autoridades británicas.
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